La Visión – Segundo fundamental


«A continuación pensaremos en una Visión. Una visión instantánea, singular e ilimitada que dará origen a una obra laberíntica, hipertextual y multimedia. Una visión cristalina y sincrónica que enfrentará al artista con una tarea irreductible: un largo viaje del que todo Espíritu de Boz habrá sido testigo.

Por lo tanto, las obras se orquestarán en una partitura única, propicia al vértigo y al trance. Las obras: aquí, un cuadro; a veces simples grafitis; incluso, en raras ocasiones, una llama que nunca se petrifica por la mano del escultor.

En cuanto al poeta, le bastará con escribir.

Escribirá, y volverá a escribir, como un cazador que acorrala a una huidiza presa. Nuestra forma habrá sido ilustrar «la cosa» mediante un libro: el Libro de Boz.

Tres payasos —Jack Balance, el Escribano, y El sí mismo— caerán en sus propias trampas: una Visión que se escabulle y se les resbala entre los dedos. Al verlos evolucionar, tendremos la sensación de soñar despiertos. El relato no es lineal, está abierto a todo y también sabiamente fraccionado. Se desarrolla en varios planos —simultáneos— enlazando unas historias con otras, como en un juego de muñecas rusas. La temporalidad es fluctuante, de sobra imprevisible. El espacio es indistinto. La intriga se esconde. Se avanza a pasos contados. Luego, de repente, coge impulso hacia adelante, para aturdirse, olvidar o acordarse mejor. En realidad, nuestros tres payasos lo saben: su búsqueda está abocada al fracaso. No sabría llegar a un resultado. Ninguno sabría acabar con ella, ni siquiera un bufón.

Esta búsqueda no impide lo esencial y parece confundirse con la que empezó hace mucho tiempo, bajo otra forma, por otros medios, por hombres y mujeres, luchando con su destino. Nuestros cuestionarios, transmitidos a las cuatro esquinas del planeta, nos volvían entonces por mil vías. Dentro de poco, íbamos a reagruparlos, apilarlos y crear un Bosque de Almas. Millones de personas se habían expresado a partir de seis preguntas.

La primera se refería a la existencia o la no existencia de Dios.

La última se preguntaba sobre «¿Quién soy?».

El trabajo era titánico.

Una verdadera locura.

No se podía dejar de pensar en Sísifo o Tántalo.

Pensábamos en el tonel de las danaides: un tonel sin fondo donde fluían miles de respuestas, encarnadas en voces, hechas para siempre inaudibles. Es decir, de nuevo: una Visión de lo imposible.

Era sensato originar un «suplemento de alma», una suspensión del Servicio de Bienes, una imagen congelada. El punto de vista era contemplativo y no militante.

No se quería cambiar nada, o transformar, o juzgar, quizá de rebote, casi por inadvertencia. Ida, Jorge Bagli o Uwzeyimana Duadji, ese chico de la calle de Kigali, adoptado por la madre de Agnès, nos emocionaba, nos conmovía en lo más profundo. Lo mismo ocurría con Veselin Ampov, ese prisionero búlgaro que soñaba con ser músico. ¿No eran almas del Bosque? Del mismo modo que tantas otras.

El asuriní, llorando su cultura saqueada.

El niño, a quien se robaba la vida.

El soldado que ignora que va a morir pronto.

O ese hombre acostado en una cama de hospital. Un cuestionario, en blanco, descansa a su lado. Está condenado.

 

Le preguntamos.

«¿Es usted feliz?»

Responde sin dudarlo:

«Sí, lo soy porque…»

En este punto, la Visión se vuelve casi insostenible, demasiado dolorosa, ya que se abre al vacío.

Tuve entonces esta intuición.

Las respuestas del Bosque de Almas no eran más que una huella, un signo precursor.

Su acumulación formaba un conjunto infinito, indefinible y fraccionado, que se podía recorrer en todos los sentidos. Un conjunto abierto, polifónico, consagrado a lo humano, como tal, en su precariedad y su finitud. Un conjunto virtual, con mil resonancias, rebotes y asociaciones. Un conjunto de textos e imágenes, cuya arquitectura en abismo nos hará pensar en otra obra de la misma índole; a saber: el Libro de Boz, precisamente.

Del que recordamos su prólogo:

 

«El Libro de Boz no es ni una novela, ni un poema, ni un cuento, y aún menos un drama o un ensayo.

No es nada, menos el estilo que lo inspira y aparece en él.

Aquí, punto de referencia.

Ninguna baliza.

Navegamos a la merced del viento.

Las historias se tejen, acaban, renacen, siguiendo la corriente, antes de que se levante una tormenta que nos arrastre a lo lejos, al umbral de una nueva visión.

Porque ese es el Libro de Boz: una obra fuera de toda norma, inclasificable, creada por un errante para otros errantes».

 

Estábamos entonces en los confines de lo imaginario y de lo real. Los discursos se solapaban, se cruzaban, se imbricaban uno en otro de tal manera que captaban la atención y la orientaban hacia otros lugares, a menudo ignorados.

El instante era apabullante.

Al enfrentarnos, nos quedábamos como helados de estupor.

Presentíamos una mirada.

 

Una mirada extraña y paradójica. Una mirada a la vez cercana y lejana. Una mirada vuelta hacia el interior. Una mirada, nacida de una fuente desconocida que, poco a poco, ganaba consistencia, se desplegaba e hinchaba, para invadiros y verterse mejor, como un torrente o un mar embravecido. La mirada de una Visión que, oblicua y relumbrante, constituirá nuestro segundo fundamental».